José Verón Gormaz: "Sala de los espejos. (Epigramas, enigmas y otras contemplaciones"

 

 

Si no yerro everonritualn los datos, ésta es la cuarta entrega epigramática impresa de Pepe Verón. Bien es cierto que en la primera (Ceremonias dispersas,de 1990) sólo la segunda parte lo es; luego vendrían Epigramas del último naufragio,en 1998, Epigramas incompletos, en 2007 y, por fin, esta Sala de los espejos. Quiero significar con estas citas que la afición por la epigrafía le viene a José Verón de lejos; nada menos que de 1990, si no antes, porque me estoy refiriendo a años de publicación, no a fechas de escritura. Podríamos decir castizamente, Pepe, que de casta le viene al galgo, si aceptamos que esa casta (que no es ni mucho menos la que reitera creo que acertadamente “Podemos”) que esa casta ―digo― esté ligada a una hipótesis étnica, a una conciudadanía bilbilitana de la que procede quien todos estamos pensando, pero a la que también pertenece otro no menos incisivo conceptista nacido al lado: en Belmonte (desde hace ya unos años ―pienso que con buen criterio―) no de Calatayud, sino de Gracián, Belmonte de Gracián.

El hilo acentual satírico constituye un asunto que ha poblado la literatura de todos los tiempos desde las primeras inscripciones apologéticas y funerarias griegas hasta, por ejemplo, Mario Benedetti, pasando por Darío, Martí, Pound, etc. La forma de esta composición epigramática, cuya estructura estrófica hispana estaba compuesta de dos redondillas de rima independiente abba, ha sido profundamente modificada a lo largo del tiempo; en España, por Lope, Quevedo y Góngora fundamentalmente y ha roto todos sus límites para aplicarse a la polimetría rítmica. No puedo soslayar la alusión a ciertas formas y referirme a la habilidad maestra con que Verón maneja el aculeus, esto es, el aguijón convertido en paradoja o aparente contradicción y que distingue tan característicamente la morfología del epigrama. Semejante maestría la muestra también Verón en otro elemento cardinal del epigrama clásico. Jaime Uyá se refiere a él como el acumen; o sea, la agudeza o perspicacia de una palabra, verbo, sustantivo o adjetivo que se retuerce, amplía y da a luz al resto de los versos. No ha de perderse este tono acuménico porque sin él aquel aculeus, aquel aguijón se pierde en el vacío.

En el poema portical de Epigramas incompletos José Verón se declara deudor de Marcial y de Catulo (“…hay algo de Marcial en mis poemas, / y en él, / tal como en mí, / hay algo de Catulo, / y en los tres hay, sin duda, / un viento universal que nos inspira: / la humana condición y sus miserias. //); no podía ser de otra manera si nos atenemos a una lógica apresurada: de acuerdo: deudor del Catulo republicano, y del Marcial postaugusteo (por cierto, ambos comparten el cognomen Valerio, mientras que la serie nominal que jalona esta Sala veroniana es de cabal acento latino). Se declara deudor de los autores latinos, pero no cita otros posteriores tal vez porque el ánimo de Verón está verdaderamente más próximo a la asepsia moral de aquellos latinos que a la carga ética, moralizante, que manifiestan otros cultivadores barrocos o incluso posteriores; Verón está más atento quizá a que, en cierto modo, sus deslices líricos escudriñen entre el léxico no sólo para autoinmolarse en el ara de un yo expreso, como en el poema “Musa ausente”; no sólo para apelar a la rebelión social a través de ese plural mayestático de “Un mundo sin cadenas”; no sólo, en fin, para atestiguar la modestia que debe anidar en el carácter del escritor y de la escritura inteligente por medio de ese yo retórico y muy del gusto romántico que se manifiesta en “El último libro”, penúltimo poema de esta Sala especular. No sólo por estas razones, sino también para dotar a su lenguaje del barniz estético al que José Verón nunca puede escapar, como tampoco escapa en ninguno de los tres poemas que acabo de citar, impregnados, como el resto, de un excelente flujo rítmico. Probablemente por eso mismo trae hasta el colofón citacional a otro buen epigramista como es Ezra Pound inscribiendo estos versos hermosísimos: “Oh abanico de seda blanca / pálido como la escarcha en un tallo de hierba, / a ti también te dejan de lado. //”

En los treinta y cinco años que Marcial vivió en Roma conoció el reinado de ocho emperadores, desde Nerón a Trajano. Ocho maneras de entender la política del imperio y su repercusión en la sociedad romana. Y si sabemos mucho del carácter de esa sociedad imperial es gracias, precisamente, a los retratos y a las tipologías recogidas en los epigramas marcialescos, y, claro, también en los de Catulo, Léntulo o Getúlico. Y digo esto porque las comparaciones a veces no son tan odiosas; quiero decir que los epigramas veronianos también dan cuenta de ello y servirán para que futuros lectores sepan cuáles eran algunas de las entrañas sociales características de la España contemporánea. Para que, además, los estudios comparados adviertan de nuevo que los vicios y virtudes de las sociedades occidentales han cambiado muy poco aunque hayan pasado dos mil años y aunque discurran otros dos mil más. José Verón no ha necesitado salir de Bílbilis para conocer, igualmente, una dictadura, una monarquía y seis gobiernos constitucionales y constatar que sus efectos políticos no modificaron en casi nada los vicios y comportamientos de la sociedad española (más aún: otro vicio ha venido a añadirse a los existentes: la política) y que éstos en nada se diferencian de los de otras épocas. Lo prueban sus primeros libros epigramáticos (uno de ellos, de hace nada menos que veinticuatro años).

Lo que José Verón nos propone siguiendo modelos estéticos anteriores es, primero, constatar que los sigue, lo cual es asunto que atañe a la honda y veraz inteligencia, y, segundo, aguzar la vista y el oído; es decir: estar al loro de lo que pasa y de lo que no pasa; de lo que se dice y de lo que se omite a nuestro alrededor en las cosas públicas y sobre las cosas públicas. Estar al loro no significa únicamente enterarse de esas cosas; debe traducirse también como la capacidad para trasladárnoslas a todos aquellos que no las percibimos. Semejante actitud incumbe a un espíritu con capacidad notarial que, además, puede ―porque sabe― extraer lo justo y necesario con una finalidad artística. Pero si es inexcusable la mención de Marcial, no es menor en esta Sala de los espejos la presencia del ánimo crítico y de la penetración que Larra desarrolló en sus crónicas periodísticas respecto de los vicios españoles. Encuentro, también, una afición más de Verón en este libro; no otra que el gusto por calzarse el atavío perspectivista de aquel Diablo Cojuelo salido de la redoma y llevarnos de la mano, como si fuésemos el estudiante Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hasta mostrarnos los tipos de la actual comedia humana: oportunistas, sinvergüenzas, hipócritas, avaros, políticos, degenerados, petulantes, soberbios, tramposos, busconas, indiferentes, insolidarios, corruptos, solapistas… en una España hundida en la crisis hasta las cejas.

No bastaría, por supuesto, la fe notarial del poeta para cifrar en realidades sintéticas muchos de los caracteres tipológicos asentados en su libro. Es fundamentalmente necesario el genio y la sabiduría para profundizar y encontrar el fondo miserable y oculto de las aparentes grandezas humanas, aspectos que tampoco han escapado a la hábil disposición de Verón y que nos entrega haciendo un alarde de concisión, vitalidad y buen humor sin renunciar a la gravedad. Si en un par de poemas, Verón muestra su lado admonitorio, no lo hace, repito, con ánimo moral, sino con la asepsia de un diagnóstico clínico. Así ocurre en “Mañana”, por citar sólo un ejemplo. En cualquier caso, lo que predomina invadido por un consciente temple crítico es el abordaje de toda una iconografía que atañe a casi todos los ámbitos de la vida social: prensa rosa, fútbol, política, economía, banca, literatura, sexo, mujer, moda, arte… en fin, todo lo que nos resulta familiar actualmente. Todo ello lo hace desfilar por la Sala de los espejos, título apropiadísimo y acertadísimo, puesto que ese recinto al que todos los niños nos gustaba acudir era una atracción de feria llena de espejos cóncavos y convexos dispuestos vertical y horizontalmente donde podíamos reírnos a carcajadas de nuestras deformidades transitorias. Eso nos salvaba: nuestra infancia y su transitoriedad. Estoy seguro de que con este epígrafe ha querido Pepe Verón adelantarnos ya en la portada el contenido interior. Lo que el poeta ha hecho es colocar a cada tipo frente a uno de esos espejos en una posición fija y ―ahora, sí― como el auténtico Diablo Cojuelo nos ha llevado hasta una mirilla para observarlos. Son adultos; no ríen porque esa aberración óptica ya no es sólo exterior y formal, sino también interior e inherente.

Vallé-Inclán admiraba la gravedad esperpéntica de ese efecto óptico aberrante como la gran metáfora visual de algunos de sus personajes y, como agriamente crítico que era, no le dolieron prendas al afirmar lo siguiente: “España es una deformación grotesca de la civilización europea”. Para no estar completamente de acuerdo con Valle, permitidme apropiarme solamente del primer sintagma y repetir que, hoy por hoy, “España es una deformación grotesca…” El segundo sintagma, el preposicional, me lo reservo para mí. En este libro de Verón encontraréis, creedme, no sólo buen humor y una sana ironía; también algunas de las graves causas de la afirmación valleinclanesca.

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